What is the Ecuadorian Society of Bioethics? 

 

The Ecuadorian Society of Bioethics – SEB – was founded in Quito  in 2003 as a non-profit organization.  Its creation was motivated in part by its interest in the diversity of  various actors in civil society organizations and a desire to provide a place for dialogue and multiculturalism to address the conflicts that confront humanity as a whole such as globalization, the development of medico-biological research, biotechnology and data processing as well as a concern for human rights abuses, the destruction of our living planet, conflicts that put in danger the survival of all species, the rights and obligations of individuals, sustainable development,  social justice, equality and protection for of all forms of life. 

 

Considerations that affect all countries and the world’s populations are gaining in importance each day as they impact decision-making in scientific, cultural, social, economic, political, and scientific fields.   Ecuador cannot remain on the sidelines as citizens become more aware and demand that their rights be protected.  It was within this context that the Ecuadorian Society of Bioethics (SEB) was established with a national management structure that over the years has included a collection of agreements and partnerships with important national and international organizations. 

 


 

¿Qué es la Sociedad Ecuatoriana de Bioética?

La Sociedad Ecuatoriana de Bioética -SEB- nace en Quito, en el año 2003, motivada por una parte por el interés de diversos actores de la sociedad civil por generar un espacio de diálogo amplio y pluralista para tratar los conflictos que confronta la humanidad con la globalización, el desarrollo de la investigación médico-biológica, la biotecnología y la informática;  preocupada por el atropello a los derechos humanos y a la depredación del bioambiente, los conflictos que ponen en peligro la supervivencia de la especie, los derechos y deberes de los individuos, el desarrollo sustentable, la justicia social, la equidad y todas las formas de vida.

Consideraciones que comprometen a todos los estados y población mundial, que cada día, adquieren mayor peso en la toma de importantes decisiones en los ámbitos científicos, políticos, económicos, sociales, culturales y humanos.  Ecuador no puede permanecer al margen del despertar de una participación ciudadana en demanda de la atención a sus derechos.  En este marco, surgió la SEB con una gestión nacional que incluye a lo largo de estos años una ser de convenios y alianzas con importantes institucionales nacionales y extranjeras.

 

 

 

BIOÉTICA EN  EDUCACIÓN FAMILIAR Y FORMAL

 

Autora: Monserrath Cárdenas Espinoza     

Lcda.    en Psicóloga Educativa   

Magíster en Educación Parvularia

Magíster en Intervención Psicosocial Familiar

 

RESUMEN

La inclusión de una ética de la vida, encargada de proteger tanto a la humanidad como al resto de seres capaces de sentir miedo o dolor, resulta un imperativo  dentro del análisisy debate educativo para concienciar y regular tanto  las prácticas cotidianas familiares así como las prácticas didácticas del sistema educativo formal;  a fin de que padres y maestros privilegien la formación de la condición humana en los actores fundamentales del proceso educativo, como prerrequisito para alcanzar los objetivos y exigencias de la formación en la sociedad actual.

 

La ética de la vida constituye  quizás una de las temáticas más  apasionantes que podría encerrar disciplina científica  alguna, tanto por la profundidad  a la que su  reflexión, análisis y debate filosófico puede acceder, cuanto  por su interdisciplinaridad, que lo vincula y relaciona con otros campos del conocimiento humano; puesto que   pocas actividades humanas podrían escapar a sus implicaciones relacionales o su escrutinio valorativo, a pesar de la existencia de comunidades científicas que proclaman la neutralidad axiológica de las ciencias, debido a que en última instancia, es su aplicación a casos concretos, la que encierra un juicio de valor que podría potencialmente afectar la vida y dignidad humana, además del  respeto y consideración a la que tienen derecho el resto de seres vivos en general.

 

Nacida como disciplina emergente, destinada a poner sobre el tapete de la discusión  los problemas que merecen ser analizados y debatidos bajo el prisma de la reflexión filosófica, la bioética, a pesar de ser una disciplina nueva,  lejos de agotarse, sigue creciendo a la luz de la aplicación de nuevas tecnologías y la complejidad creciente de  interrelaciones entre seres humanos y su entorno natural. Para ello han contribuido los cambios o revoluciones sociales de los últimos tiempos, con sus consecuentes declaratorias de principios y derechos, que tratan de regular la actividad humana y delimitar la aplicación de tecnologías controvertidas generadas  por el inusitado progreso científico de las últimas décadas.

La pertinencia de la bioética en educación es indudable, pues  se encuentra presente dentro de la filosofía subyacente de la mayoría de corrientes pedagógicas actuales, sobretodo de aquellas que se inspiraron en la teoría crítica de la sociedad;  cuyos representantes más destacados plantean la necesidad de tener a la filosofía  y en particular a la bioética, como vigilante de la actividad humana y del progreso científico que de ella se deriva.   Consecuentemente,  los fundamentos filosóficos, psicológicos y sociológicos de la reforma educativa ecuatoriana que se sustentan en aquélla, manifiestan entre otras cosas, el “deber ser” de la bioética; el mismo que está inserto implícita y explícitamente dentro del currículo educativo ecuatoriano, tanto como  enunciados generales dentro de las políticas educativas, cuanto en niveles de concreción más operativos como  son los ejes  curriculares (transversales) tales como la filosofía del buen vivir, formación para la democracia, etc.; pilares fundamentales para educar la condición humana de nuestros estudiantes.

Cómo desconocer que forma parte esencial del aprendizaje si todo lo relativo al trato y consideración de nuestro entorno social y natural, es parte constitutiva del aprendizaje para la vida cotidiana, puesto que si descuidamos la relación de respeto y consideración que les debemos hacia nuestros semejantes, otras especies vivientes y en general hacia nuestra madre naturaleza; corremos el serio peligro de resquebrajar tanto la convivencia pacífica requerida para desenvolvernos en actividades cotidianas, cuanto el equilibrio ecológico necesario para procurarnos una mejor calidad de vida en nuestro entorno natural,  además del legado impostergable  que debemos dejar a  las futuras generaciones.

Ciertamente, se le debe a un filósofo y educador alemán haber acuñado el término de bioética, al utilizarlo en 1927 en un artículo relativo a la interrelación del ser humano con plantas y animales (concepto inicial).Aunque el problema principal que ha debido abordar y resolver nuestra disciplina ha sido enfocado particularmente al ámbito humano,  teniendo al Código de Núremberg en 1947,  como el documento que sentaría las bases  generales relativas a las prohibiciones sobre experimentación humana, luego de que el mundo se horrorizara frente   al holocausto nazi.

 Con el paso de los años, el auge y vigencia de los derechos humanos (Declaración Universal de los Derechos Humanos: 1948 y sobre bioética y  Derechos Humanos: 1978), con lo cual se otorgó la pauta que fundamentara los diferentes códigos sobre bioética y bioseguridad que abogaban con un apartado o tratamiento específico  por los derechos de los animales  y los principios ecologistas;  su concepto inicial ha ido evolucionando hasta llegar a significar lo que  en un sentido amplio debería incluir todo lo relativo a las acciones que pudieran ayudar o dañar a organismos capaces de sentir miedo o dolor(Wikipedia)[i][1]. Esto significa en otras palabras,  que tanto  la liberación de un ave cautiva a su hábitat natural  como la vivisección de una rana, realizada con fines didácticos, son asuntos que conciernen a la  bioética.

Fueron también otros dos docentes universitarios, comprometidos con la tarea educativa, quienes en 1979 postularon los cuatro principios de la bioética, tomando como antecedente el Informe Belmont.  Tom Beauchamp, destacado profesor de filosofía e Investigador Jefe del Instituto Kennedy de Ética y James Franklin Childress,  filósofo y teólogo especializado en ética biomédica, además de Profesor de Ética en Virginia, quienes escribieron los cuatro “Principios de Ética biomédica” (Beuchamp, 1999)que comprenden: el principio de autonomía, de beneficencia, de no maleficencia y de justicia.

 En sus inicios, estos principios fueron propuestos para regular la práctica médica tanto en la investigación como en el procedimiento y tratamiento terapéutico;  pero  por su importancia y vinculación con otros campos del conocimiento humano,  bien podrían aplicarse a otras áreas como la educación para regular la relación entre los sujetos de la enseñanza-aprendizaje: docente-estudiantes; considerando que   sus autores, filósofos y educadores,  esperaban que pudiera servir también como referente ético que orientara y guiara a docentes y estudiantes en las prácticas de laboratorio de sus respectivas instituciones educativas.

Y ha sido precisamente esta desiderata ética planteada por estos docentes humanistas el  motor de inspiración  paracanalizar esta motivación que finalmente me llevaría a escribir este artículo; en respuesta  a una promesa que me hiciera en el pasado, cuandodurante mi formación comoestudiante de psicología educativatuve que presenciar la perturbación y posterior sacrificio de un ave dentro del laboratorio;  utilizada claro está con fines didácticos,  para entender específicamente la función del cerebelo en la coordinación motriz. Sin embargo, el ímpetu por realizar una defensa por los derechos de niños/as y adolescentes y de sus  inseparables amigos: los animales,  fue creciendo todavía más cuando tuve que presenciar una casa abierta en una unidad educativa que tenía como número especial  el martirio y posterior sacrificio de animales ante la mirada estupefacta de niños y adolescentes que tan sólo unos minutos antes habían admirado y acariciado a esos ejemplares.

No podía permanecer impasible frente a la reacción de dolor y desconsuelo que experimentaban aquellos seres que ante el impacto de las duras escenas que presenciaban, revelaban esa faceta típicamente humana: su vulnerabilidad afectiva y emotiva. Fue en ese momento cuando decidí tomar acciones al respecto, tanto como  ser humano comprometido con los valores éticos y  una educación de calidad y calidez con los estudiantes, cuanto como  profesional de la psicología educativa, que al sentirse en empatía con sus pupilos, implícitamenteestablecía un compromiso silencioso para iniciar una cruzada que procuraríaante todo apuntar a la educabilidad de la condición humana y  extenderlo más allá hasta alcanzar el buen trato hacia otros seres vivos.

Sin duda, fue necesaria una experiencia tan dramática para finalmente sentirme conmovida al situarme en la perspectiva de estos niños y ver en cada uno de ellos a la persona sensible de mi pasado universitario que no pudo alegar “objeción de conciencia” para salir del laboratorio y se limitó a cerrar los ojos a fin de no observar un sacrificio innecesario que le perturbóen aquella ocasión; pero que merced a ello, pudo finalmente escribir un artículo que tuviera el propósito de reivindicar los derechos de los seres en desarrollo y las personas sensibles, en coincidenciacon aquello que acertadamente sostuviera Martha Nussbaum al referirse  al descubrimiento del otro y su consecuente condición de empatía:

“Una ética del respeto por la dignidad humana no logrará comprometer a seres humanos reales a menos que éstos sean capaces de participar imaginativamente en la vida de los otros y de tener emociones relacionadas con esa participación”[2]

En efecto, esta lucha por la formación de la condición humana no se refiere únicamente al enfoque del ser humano como sujeto de derechos para quien los límites éticos deberían marcar las fronteras entre riesgo y beneficio, sino que además incluye a aquellos seres vivos que pasan a considerarse “objetos de estudio” .Por esa razón,  esta propuesta procura abordar la   doble implicancia que tendría en este campo al tratar tanto con los sujetos del aprendizaje cuanto con los seres que se toman como mal llamados “objetos de estudio”.

Esto se explica debido a que el descubrimiento del otro también es un paso esencial en el proceso evolutivo del ser humano, pero no solamente del otro como igual y miembro de su misma especie, sino del otro como ser distinto y de diferente especie: como ocurre en la relación entre el ser humano y   los animales, tal como lo señala Edgar Morín:

 

“La importancia de la hominización es capital para la educación de la condición humana porque ella nos muestra como animalidad y humanidad constituyen juntas nuestra humana condición”[3]

Morín no sólo se refiere a la dualidad característica del ser humano como miembro del reino animal que conserva reacciones propias de un cerebro primitivo que dispara una señal de alerta para que merced a su instinto de conservación  pueda ponerse a salvo del peligro que lo acecha, mientras que en la mayoría de ocasiones  alterna con reacciones reflexivas, aprendidas  y complejas dirigidas por el neo córtex cerebral que lo ha llevado al pináculo de su desarrollo racional;   sino sobretodo a su condición humana, que lo vuelve sensible y proclive a sentir empatía por aquellos seres que sufren y son injustamente maltratados.

Diversos psicólogos y pedagogos hablan de un derecho a la ternura, al que deberíamos acceder todos los seres humanos y el que debemos respetar y desarrollar como padres y maestros predicando y educando con el ejemplo, puesto que la ciencia ha podido comprobar que tanto  actitudes como  conductas se aprenden en sociedad.Este postulado puede confirmarse a  partir  del hallazgo de  niños criados con animales, que a pesar de tener en ciernes las capacidades para comunicarse por medio del lenguaje y desarrollar conductas sociales, no pudieron hacerlo  por carecer de modelos para imitar el comportamiento humano (Rodríguez, 2003). Por esta razón,   se ha llevado a sostener por parte de la mayoría de psicólogos sociales que la condición social humana,   presente al momento de nacer, sólo puede ser revelada y desarrollada en sociedad, es decir,  aprendemos a ser sociales y a sentirnos hombres o mujeres en comunidad,  mediante  la observación, la toma de conciencia  e imitación de modelos (Bandura, 1974)

Si bien es cierto que tenemos en ciernes el ser sociales también lo tenemos el ser proclives a la sensibilidad solidaridad y en general a generar actitudes y conductas prosociales, nos volvemos más humanos a través de un proceso en donde la educación resulta ser la piedra angular en la formación de las personas, debido a que, según lo establece Savater:

La posibilidad de ser  humano sólo se realiza efectivamente por medio de los  demás…”[4]

Cuánta razón tiene este autoral señalar la importancia del aprendizaje de la condición humana por impregnación social, puesto que nuestro comportamiento es en parte también el producto de la imitación de modelos significativos que interiorizamos desdeque comienza el proceso mismode socializaciónprimaria a través de la función de iniciación, bajo la responsabilidad de la familia y particularmente de los padres como los primeros educadores  de sus hijos;quienes cederán la posta más tarde  al sistema educativo dentro del proceso de educación formal, llamada también socialización secundaria que incluye además la interacción entre pares y figuras referenciales o icónicas, todo ello dentro del macrocontexto social, que marca la pauta para la reproducción de modelos significativos  bajo el moldeamiento particular que lo definirá como un ser único e irrepetible, gracias a su capacidad de apropiación de referentes éticos moldeados  o modelados de acuerdo a su escala particular de valores. Por todo ello enfatiza Savater al señalar que:

Hay que nacer para humano, pero sólo llegamos plenamente a serlo cuando los demás nos contagian su humanidad a propósito… y con nuestra “complicidad”.” Y concluye que: “la verdadera educación es la que te ayuda a obtener lo mejor de ti mismo”[5]

¡Cómo dejar de lado que lo mejor de uno mismo podría ser  cultivar y optimizar la capacidad de maravillarnos y asombrarnos ante la perfección del planeta en que vivimos,  de la naturaleza y los seres que lo componen, de sentir ternura, compasión y empatía por otros seres vivos, de volvernos cada vez más humanos, si por ello entendemos volvernos más sensibles y en sintonía con el mundo que nos rodea!

Revisemos pues, cómo podrían relacionarse los principios de la bioética propuestos por Beauchamp y Childress en una propuesta adaptada a la educación y concretamente en un intento por crear conciencia a fin de regular y normar las prácticas educativas formales e informales de padres y maestros que se plasman en el legado axiológico transmitido y construido tanto de generación a generación, en el caso de la educación o proceso de socialización familiar;  y en la relación maestro-estudiantes, en el lugar de la educación formal, a través de disciplinas propias  de la formación humana que deberían sintonizar con las prácticas de laboratorio en asignaturas experimentales como biología o anatomía, que convendrían regirse por un principio rector de defensa y protección hacia  aquellas formas de vida que permiten y posibilitan la capacidad de desarrollar y consolidar la condición humana, como la característica más sobresaliente del grado evolutivo que ha logrado el ser humano para ser considerado el paradigma de desarrollo evolutivo.

Principio de autonomía.- Es el principio que consagra la facultad del sujeto para optar por aquello que mejor le convenga en consideración a su bienestar integral y a partir de la información recibida. Aplicándolo al área educativa vendría a significar el derecho que tendría el sujeto del aprendizaje por establecer un compromiso  y negociación con el instructor o profesor para que a partir de la debida información proporcionada por éste, pueda decidir libre y voluntariamente su participación y/o asistencia a clasessi dentro del programa de estudios y concretamente en el plan de clases se incluyen actividades que podrían ser potencialmente perjudiciales para su bienestar psicológico.

El consentimiento informado explícito o implícito es el documento o compromiso ético que debería regular y reglamentar una situación hipotética que podría presentarse  dentro de un laboratorio cuando la finalidad didáctica,que tiene como objetivo aprender a través de la comprobación de una teoría mediante una situación experimental;se sobrepone y contrapone a la finalidad formativa que tiene como objetivo educar y consolidar la condición humana.

De esta manera, si en la construcción del conocimiento se contempla que para desarrollar y consolidar una destreza  o competencia se incluye por ejemplo como actividad: la vivisección de un animal que puede sentir miedo o dolor; el estudiante, como sujeto de derechos, puede alegar la“objeción de conciencia”, es decir ejercer el derecho de negarse a presenciar o recibir clases que podrían potencialmente ser perturbadoras para un ser en desarrollo (en el caso de niñas, niños y adolescentes)o personas sensibles (como el caso de estudiantes universitarios);puesto que no debería presenciar escenas que podrían estar en franca oposición con su fuero interno y afecten consecuentemente su  bienestar integral, cuya parte más sensible es sin duda su equilibrio afectivo- emocional. Ya lo señala Edgar Morínque no se debe obligar al sujeto de aprendizaje a participar de algo que considera que le va a perjudicar su proceso de humanización (Morín, 2003).

Principio de beneficencia- Si el principio de beneficencia nos obliga a actuar en beneficio del otro promoviendo sus intereses legítimos y eliminando perjuicios, es necesario que el maestro reflexione al respecto para promover actividades que vayan en beneficio del estudiantado partiendo de un análisis integral en donde en base a un balance entre riesgo-beneficio, deberá excluir actividades que obstaculizan un auténtico beneficio en virtud del fin último: educar la condición humana.

Este principio tiene doble vía, puesto que por un lado se debe considerar el derecho de niños(as) y adolescentes en su doble implicación: que es lo mejor para los estudiantes ¿el fin didáctico o el fin humanitario?- Estos fines entran en conflicto, puesto que el  “aprender a conocer” y el “aprender a hacer”, forman parte de los objetivos didácticos que deben estar presentes en el aula para lograr aprendizajes significativos como parte de la enseñanza con acento hacia la instrucción; pero el maestro es sobretodo un formador de la condición humana y ésta no podría modelarse si dejamos de lado la parte afectiva y emocional del sujeto, esa parte que está presente en el “aprender a ser” y “aprender a vivir Juntos”, puesto que este último aprendizaje no sólo significa vivir en armonía con nuestros semejantes sino también con la naturaleza y el resto de seres que lo componen.  Así lo señala Fernando Savater:

 

 

“…lo propio de la humanidad es la compleja combinación de amor y pedagogía”debido a que: “…el primer objetivo de la educación consiste en hacernos conscientes de nuestros semejantes…considerarles sujetos y no meros objetos;  protagonistas de su vida y no meros comparsas vacíos de la nuestra”[6]

Y se diría también que esa consciencia va mucho más allá hasta volvernos consecuentes con nuestro entorno y el resto de seres que lo comprenden. Aprendemos a ser tiernos cuando nos tratan con ternura, nos volvemos sensibles cuando nos ponemos en empatía con los seres que podrían sentir miedo o dolor a consecuencia de nuestras acciones, el aprendizaje y la formación comprende sobretodo la educabilidad de actitudes, como parte fundamental de la formación humana.

Principio de no maleficencia – Este principio señala que tiene que prevalecer el beneficio sobre el perjuicio. Nuevamente, este principio tiene una doble implicación  tanto en la psicología humana como en el bienestar animal. No afectar los sentimientos y emociones de los jóvenes, considerando así  el interés superior del niño y el adolescente, significa enfatizar la formación sobre la instrucción,  es decir, el “deber ser” de la ética, que en educación se traduce en el “aprender a ser”.  Solamente así  el conflicto entre el fin didáctico y el propósito humanista  encontraría su resolución  al ponerlo en el tapete de la discusión participativa e inclusiva de los jóvenes con voz y voto (considerados por el principio de autonomía) como protagonistas de su propio aprendizaje, razón de ser de este proceso, que tiene además como ejes transversales el buen vivir y  la formación y participación ciudadana.

Si el fin de la ciencia es la replicabilidad de los experimentos en las mismas condiciones, no es necesario dañar y menos sacrificar animales si se puede hacerlo virtualmente, puesto que en internet existen portales para diseccionar o navegar virtualmente por la anatomía animal.  La experimentación con animales se justifica únicamente cuando se trata de encontrar la cura para ciertas enfermedades, que buscan su resolución al conflicto considerando el beneficio mayor para el ser humano.

Principio de justicia- El ideal de la justicia impone dar a cada quien lo que le corresponda. La justicia no sólo comprende la igualdad de condiciones y oportunidades, sino que en virtud del concepto de equidad impone tratar igual a los iguales y desigual a los desiguales como forma de compensación hacia aquellos grupos o individuos que han estado históricamente en desventaja.

Si en virtud al avance en inclusión a los sujetos de derechos, se debe consultar a los actores fundamentales del proceso educativo sobre prácticas que podrían ser perturbadoras para niñas, niñas y adolescentes, de acuerdo al principio de autonomía, que tiene aplicabilidad estricta únicamente a las acciones humanas, puesto que el ser humano es la única especie que tiene conciencia de sus actos; sin embargo y por esta misma condición se vuelve imperativo que el resto de seres vivos tengan  un colectivo que los represente, conozca y analice el estudio o investigación que se pretende realizar con ellos, considerando la doble vía que tendría este principio de justicia

Nuestra Constitución considera la naturaleza como sujeto de derechos, lo cual significa un avance en cuanto a la evolución y desarrollo en materia de derechos en nuestro país; sin embargo, no obstante su alcance, con ello aglutina indistintamente tanto a seres vivos como inertes en un solo grupo; por esta razón, se deben construir formas diferenciadas de protección a estos seres, lejos de encasillarlos en un solo membrete. De esta manera el tratamiento de una mascota no sería igual que aquél que represente a un animal de corral y éstos diferiríana su vez del que  tendría un animal  silvestre que se encuentre en peligro de extinción, porque implícitamente los primeros son considerados, en virtud de sus derechos, como individuos y no como colectivos como son reconocidos los dos ejemplos restantes.

 Esto es así,  debido a que las mascotas forman parte constitutiva de la propia formación de las personas, porque contribuyen y construyen junto con ellas cada  proyecto  particular de humanización al reconfortarnos  con sus halagos y demostraciones de cariño y fidelidad.Por esta razón se vuelve imprescindible que la cultura del buen trato hacia los seres vivos, cuyos lineamientos se encuentran presentes en las leyes y ejes curriculares de protección al medio ambiente y desideratas ecologistas, alcance los niveles de los que ya goza en otros países. 

Tratar igual a los iguales y desigual a los desiguales, se identifica con la justicia distributiva  que se requiere en estos casos para proteger a quienes más lo necesitan. De manera análoga a la protección de la que gozan los grupos más vulnerables de la sociedad, que requieren de subsidios y exenciones del Estado, la distinción y gradación entre animales es parte de ello. El estatus de una planta que forma la base de la pirámide alimenticia no puede ser la misma que la del animal que se sustenta de ella y menos aún que aquel que tenemos como mascota y que está siempre a nuestro lado demostrando que merece ser considerado como nuestro mejor amigo.

Este principio vislumbra la posibilidad de que en el futuro todos los actores y sujetos del estudio estén representados, y que ciertos animales que posibilitan el desarrollo de la condición humana, porque con ellos podemos plasmar el derecho a la ternura al maravillarnos de su fidelidad, inteligencia  e incondicionalidad con el ser humano; sean tratados y protegidos en formas más efectivas de las que ahora gozan. Se trata de otorgar  una voz para los que no tienen voz. Tener miembros humanos que representen los derechos de otras especies resulta un imperativo relativo al principio de justicia que trata de compensar la desventaja natural que tienen estos seres.

El papel de la familia es fundamental  para lograr el cumplimiento y la observancia de todos los principios señalados, puesto que como actores fundamentales de la función de protección e iniciación del proceso de socialización primaria, son los encargados de iniciar a los niños en la práctica de valores, el conocimiento y ejercicio de sus derechos y obligaciones, pero sobre todo de brindarles y posibilitarles los referentes necesarios para que los recién iniciados puedan imitar tanto modelos referenciales como pautas de comportamiento que les permita desarrollar la condición humana para cumplir y hacer cumplir estos principios.

El empoderamiento y participación de la familia y particularmente de los padres y madres de los y las estudiantes como miembros de la comunidad educativa y actores activos del proceso de enseñanza-aprendizaje, posibilita el análisis, discusión y toma de decisiones frente a las prácticas educativas que se encuentran en conflicto al privilegiar la finalidad didáctica sobre la finalidad formativa de la condición humana. Pero no basta con ello, debido a que éstas son sólo una parte de un grupo mayor de actividades que en ciertos casos han sido consideradas como tradicionales y han encontrado resistencia para regularse, considerando precisamente el peligro potencial de afectar a seres en desarrollo o personas sensibles.

Ciertamente, ante el cambio social que ha experimentado el país en los últimos tiempos, se ha podido normar y regular en la mayoría de circunscripciones territoriales prácticas tradicionales que afectaban la sensibilidad de las personas y contradecían el trato humanitario que se debía brindar a otras especies en espectáculos tales como las corridas de toros y/o peleas callejeras de perros.  Sin embargo, cabe señalar que todavía tienen vigencia en determinadas familias ciertas  prácticas ancestrales como la matanza del chancho a vista y presencia de seres en desarrollo y/o personas sensibles, las mismas que contradicen lo que el macrocontexto social trata de regular. 

Le corresponde al Estado realizar el respectivo seguimiento de las reformas que se han generado a través de políticas educativas que consideren como factores estratégicos la educación popular mediante  campañas sociales de concienciación sobre el daño potencial que podrían generar estas prácticas en familia, para que a su vez sus miembros se sientan impelidos  a enfatizar la enseñanza de la condición humana de los recién iniciados, a fin de que éstos vayan adquiriendo destrezas formativas que les permitan  cumplir y hacer cumplir con la convivencia pacífica y armónica que se requiere dentro del entorno social y natural en el que se desenvuelven.

 

 

Educar con el ejemplo es el modelo paradigmático de la pedagogía familiar, puesto que al considerarse a la familia como la célula fundamental y  primera institución social, responsable de cumplir con las funciones de protección e iniciación de sus miembros, le corresponde educar también sus actitudes desde el mismo comienzo del proceso de socialización, para que aquéllas  puedan volverse positivas y capaces de provocar las transformaciones que requiere la vida en sociedad,dentro de un marco de derechos que van ampliándose en su inclusión a partir de los derechos humanos hasta el reconocimiento del trato digno y humanitario  hacia el resto de seres vivos en  capacidad de sentir miedo o dolor debido a las acciones del ser humano. Esta es sin duda la finalidad última de todo proceso educativo sea familiar o formal, pues como lo señala Edgar Morín (Morín, 2003), nuestra verdadera misión como padres y maestros es educar la  humana condición. 

 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Bandura A., Aprendizaje social y desarrollo de la personalidad, Editorial Alianza, Madrid, 1974

Beuchamp T.L. y Childress J. Principios de ética biomédica, Barcelona, 1999.

Moran Edgar, Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, Editorial Santillana, Guayaquil, 2003.

Savater Fernando, El valor de educar, Editorial Planeta Colombiana S.A., Bogotá, 2003

Wikipedia, la enciclopedia libre/Wikipedia/org./wiki

 

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

Asamblea Constituyente, Constitución 2008, Quito, 2009

Bandura A., Aprendizaje social y desarrollo de la personalidad, Editorial Alianza, Madrid, 1974

Bárcena y Joan- Carles-Mélich,La educación como acontecimiento ético, Edit. Paidós, Barcelona, 2000, pág. 114

Beuchamp T.L. y Childress J. Principios de ética biomédica, Barcelona, 1999.

Colom J. Antoni y Joan-Carles Mélich, Después de la modernidad, Editorial Paidós, Barcelona, 1997

Ministerio de Educación, Documento de actualización y fortalecimiento curricular 2010. Ministerio de Educación, Quito, 2010.

Morán García Eduardo, Pedagogía Familiar, DOCUTEC. U.P.S. Quito, 1998

Morín Edgar, Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, Editorial Santillana, Guayaquil, 2003.

Rodríguez Rojo Martín, Hacia una didáctica crítica, Editorial La Muralla S. A., Madrid, 1997

Savater Fernando, El valor de educar, Editorial Planeta Colombiana S.A., Bogotá, 2003

Varios, Desarrollo afectivo y social, Colección Psicología, Ediciones Pirámide, Madrid, 2000

 


[1]No existen consensos generales  sobre la definición de bioética. Se ha considerado el concepto que en sentido amplio coincide con su denominación y concuerda con los objetivos de este artículo.

[2]Nussbaum, citada por Fernando Bárcena y Joan-Carles Mélich, La educación como acontecimiento ético,Editorial Paidós, Barcelona, 2000, Pág. 114

[3] Morín Edgar, Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, Editorial Santillana S.A.,Quito, 2003, Pág. 50.

[4]Savater Fernando, El valor de educar, Editorial Ariel S.A., Bogotá, 2003, Pág. 25

[5]Savater Fernando, El valor de educar, Op. Cit., Pág. 22

[6]Savater Fernando, El valor de educar, Op. Cit., Págs. 28 y 34.


 

      


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