What is the Ecuadorian Society of Bioethics? 

 

The Ecuadorian Society of Bioethics – SEB – was founded in Quito  in 2003 as a non-profit organization.  Its creation was motivated in part by its interest in the diversity of  various actors in civil society organizations and a desire to provide a place for dialogue and multiculturalism to address the conflicts that confront humanity as a whole such as globalization, the development of medico-biological research, biotechnology and data processing as well as a concern for human rights abuses, the destruction of our living planet, conflicts that put in danger the survival of all species, the rights and obligations of individuals, sustainable development,  social justice, equality and protection for of all forms of life. 

 

Considerations that affect all countries and the world’s populations are gaining in importance each day as they impact decision-making in scientific, cultural, social, economic, political, and scientific fields.   Ecuador cannot remain on the sidelines as citizens become more aware and demand that their rights be protected.  It was within this context that the Ecuadorian Society of Bioethics (SEB) was established with a national management structure that over the years has included a collection of agreements and partnerships with important national and international organizations. 

 


 

¿Qué es la Sociedad Ecuatoriana de Bioética?

La Sociedad Ecuatoriana de Bioética -SEB- nace en Quito, en el año 2003, motivada por una parte por el interés de diversos actores de la sociedad civil por generar un espacio de diálogo amplio y pluralista para tratar los conflictos que confronta la humanidad con la globalización, el desarrollo de la investigación médico-biológica, la biotecnología y la informática;  preocupada por el atropello a los derechos humanos y a la depredación del bioambiente, los conflictos que ponen en peligro la supervivencia de la especie, los derechos y deberes de los individuos, el desarrollo sustentable, la justicia social, la equidad y todas las formas de vida.

Consideraciones que comprometen a todos los estados y población mundial, que cada día, adquieren mayor peso en la toma de importantes decisiones en los ámbitos científicos, políticos, económicos, sociales, culturales y humanos.  Ecuador no puede permanecer al margen del despertar de una participación ciudadana en demanda de la atención a sus derechos.  En este marco, surgió la SEB con una gestión nacional que incluye a lo largo de estos años una ser de convenios y alianzas con importantes institucionales nacionales y extranjeras.

 

 

ETICA Y VIDA

Autor: Fernando DOMINGUEZ

ANTIGÜEDAD DE LA ETICA

Gracias a la vida, que me ha dado tanto.

Violeta Parra

El descubrimiento de que el instinto de protección para el propio cuerpo, para la propia vida tenía que completarse en el aprendizaje de las formas de relación hacia los otros, fue  trascendental. Una superación, en el espacio de lo colectivo, de los límites marcados por el egoísmo de la naturaleza fue como el privilegio de la mirada cuyo sentido consiste en traspasar la frontera de su solitaria claridad. Ver otras cosas, fue en el fondo, reconocer que los ojos existen para llenarse de lo que no son ellos mismos y que ver, es sustancialmente, aceptación e incluso sumisión a la alteridad. Una presencia distinta y nueva que, sin embargo, no nos transforme en otros sino que nos conforma, más intensamente, en nosotros mismos. Por ello es que el descubrimiento de lo otro, de los otros fue propicio y necesario en la formación y afianzamiento del carácter. Homero en sus poemas legendarios da la primacía a Occidente, aunque sea a nivel de balbuceos, lo que al paso de los siglos sería la sustancia del espíritu griego: verdad, bondad y belleza.

La primera vez  que el lenguaje se recreó en el reflejo de sus propios conceptos: la justicia, el amor y la hermosura, tuvo lugar en esas páginas que, en la tradición filosófica, se agruparon bajo el sorprendente nombre de ética. Fue Aristóteles quien abordó y sistematizó, plenamente, la construcción de un saber orgánico sobre la desorganizada y problemática experiencia. Fue él quien formuló la primera theoría ética cuando dejó para la posteridad escrito esto: “somos lo que hacemos”. Platón, por su parte, ya dedicó algunas de sus páginas a los conceptos fundamentales de lo que habría de llamarse “ética”.

Fue un privilegio de la conciencia, aquel primer momento en el que comienza  a decidirse – a escribirse ya- el discurso moral que se constituye en una pieza capital en la lucha por equilibrar el duro egoísmo en la inevitable y necesaria vertiente de la solidaridad. Vale citar aquí una vieja aspiración de Homero quien en boca del legendario Aquiles exclamó a la inmortalidad, así: “Ojala pereciera la discordia para los hombres y para los dioses, y con ella el rencor, que hace cruel hasta al hombre sensato, cuando más dulce que la miel se introduce en el pecho y va creciendo como el humo” (La Ilíada, XVIII).

Por todo ello es que fue necesario pensar en las acciones humanas y en su sentido; en las formas cómo se expresaba la energía de los hombres entre sí; en las tensiones que provocaba esa energía – y esto era lo esencial- por las que se determinaba. La fuerza que entremezcla el egoísmo y la colectividad se manifestó indiscutible con la insinuada presencia de unas normas. Después, los lenguajes apenas dejaban ver con dificultad ese instante preciso donde, sobre el modelo de la mirada, se hizo presente la “theoría” – esa mirada interior- y donde el angosto impulso de  cada vivir se mitiga y calma en el espacio múltiple de la convivencia.

Por lo tanto, el “ethos” no brota de la reflexión, del pensamiento que interpreta lo vivido, sino que toma cuerpo y forma en las obras y en la actividad de los hombres. Bien podría decirse  que la ética es la lucha permanente e inacabable del ser humano en su paso por la tierra en búsqueda obstinada del encuentro y de la acción.

Nada sabríamos de ese “ethos” pasado sin la escritura. Fue en los cantos homéricos donde aparece la reconstrucción de las costumbres y del carácter de los griegos y, por ende, de aquello que identificaría la cultura occidental.

El “ethos” es el suelo firme, el fundamento de la praxis, la raíz de la que brotan todos los actos humanos. Zenón el estoico, sostuvo, según el testimonio de Estobeo, que el “ethos” es la fuente de la vida, de la  que manan los actos singulares. Zubiri, dice al respecto. “El vocablo ethos tiene un sentido infinitamente más amplio que el que damos hoy a la palabra ética. Lo ético comprende ante todo, las disposiciones del hombre en la vida, su carácter. En realidad, se podría traducir por modo o forma de vida en el sentido hondo de la palabra, a diferencia de la simple manera”.

Retengamos esta palabra, “carácter,” entendida como el modo de ser o forma de vida que se va adquiriendo, apropiando, incorporando, a lo largo de la existencia[1]. El carácter es la personalidad que hemos conquistado a través de la vida, lo que hemos hecho nosotros mismos, viviendo.

Las virtudes del “ethos”, al fin, constituyen formas con las que, en vista a un bien, integramos nuestros actos  en un espacio compartido. El “ethos” bueno se hace, pues, en esa práctica que nos posibilita la sociedad. Todo el cuadro de virtudes que Aristóteles expuso -valor, magnanimidad, amabilidad, sinceridad, decencia, valentía, dignidad, firmeza, etc.-, sólo puede originarse en relación con los demás[2] si es que realmente se da la posibilidad y la vivencia del encuentro con el otro.

ACTUALIDAD DE LA ETICA

Gracias a la vida, que me ha dado tanto.

Me dio dos luceros que, cuando los abro,

perfecto distingo lo negro y lo blanco,

y en el alto cielo, su fondo estrellado,

y en las multitudes al hombre que yo amo.

¿Porqué está de actualidad la ética, cuando siempre se ha valorado que un hombre o una mujer sean cabales, que sean honrados, que su palabra haga innecesaria la firma en un papel? ¿Por qué hasta los medios de comunicación hablan de la ética como si hubiera aparecido algo nuevo, algo que nunca había habido, si lo ha habido siempre?  La ética se hace presente y necesaria, hoy como ayer u hoy más que nunca en nombre de la libertad, entendida como autonomía, por la que somos “nuestros propios dueños”, “nuestros propios señores”, porque –a fin de cuentas- ponemos nuestra mente en manos de los predicadores de la televisión, de la prensa, en lo que decida la mayoría, en lo que no cause problemas; en solidaridad con el verdaderamente débil que sigue quedando fuera de los proyectos; en capacidad dialógica, tejida con la apertura a que el interlocutor pueda tener razón, y con la disposición a dar argumentos en lo que yo creo que la tengo. En este sentido cuál es el haber ético de nuestra sociedad? Invito a ustedes a averiguar un tanto en qué mundo vivimos. De pronto las constataciones por demás conscientes pueden ser: “la verdad es que en nuestra vida bien poco hemos decidido, todo nos dieron ya organizado, no hemos hecho más que seguir el camino que nos marcaron nuestros padres, los maestros y todos quienes, de una y otra manera, tuvieron el poder (…)”, la una; la otra, qué bueno sería que nos tratáramos los unos a otros con honradez, bondad y cortesía[3].

Entendida la Ética como la tarea de las personas, de los pueblos y las comunidades de forjar el carácter en base de la acción creadora y vivificante, no es lícito confundirla con un conjunto de deberes morales. Esta confusión llega a veces a situaciones que no deberían darse; por ejemplo, ésta: ¿Por qué debo cumplir determinadas normas que van en contra de mis deseos?

El quehacer ético que ciertamente cuenta con orientaciones que pueden expresarse como valores que merecen la pena encarar, consiste en un entrenamiento vital gracias al cual podemos ir al encuentro con nosotros mismos. El “estar en plena forma humana” significa, pues, haber adquirido mediante un proceder la actitud, la predisposición necesaria para enfrentar los retos vitales con altura humana[4].

En las sociedades pluralistas se ha llegado a la conciencia compartida de determinados valores, derechos y actitudes. Los valores compartidos serían, en principio, la libertad, la igualdad y también la fraternidad que con el tiempo se transformó en solidaridad, todavía no bien entendida. Estos valores se concretaron en la defensa de unos derechos humanos políticos y civiles y también económicos, sociales y culturales y, prosiguiendo la tarea, en derechos ecológicos y en el derecho a la paz. Para que estos derechos se encarnen en formas concretas de vida es necesaria la práctica de unas virtudes propias de la actitud dialógica (a través de la razón): tener a los demás seres humanos y si mismo como seres dotados de  autonomía, igualmente capaces de dialogar sobre las cuestiones  que les afectan; estar dispuestos a entender los derechos e intereses de todos ellos en la hora de tomar decisiones; respetar a todos los interlocutores posibles y hacer todo eso desde la solidaridad de quien sabe que es hombre “(…) y nada de lo humano puede resultarle ajeno”.

Sólo si reconocemos que la autonomía  de cada ser humano tiene que ser universalmente respetada, podemos exigir que se respeten sus particularidades. Este es el mejor modo de conciliar dos posiciones éticas difíciles de conjugar: la universalidad y el respeto a la diferencia o tolerancia. En respaldo a esto último, dijo Voltaire: “No puedo estar de acuerdo en lo que tú dices; pero, defenderé hasta con mi vida, tu derecho a decirlo”.

De allí, la imperiosa necesidad de la formación ética y cívica de los ciudadanos del mundo y en todos los estratos académicos hasta llegar a una ética mundial, en la que cualquier persona va a ser un interlocutor válido que ha de ser tenido en cuenta en las decisiones que le afecten[5]. Esto es una aspiración histórica urgente de la cual, probablemente, dependa la supervivencia planetaria.

Felizmente, la existencia de una ética cívica compartida por creyentes y no creyentes es hoy un hecho gozoso, porque es alegre noticia saber que compartimos un lenguaje moral común desde el cual podemos construir juntos una ética para el mundo.

De esto deducimos que la función primera de la ética y de la civilización es dar un sentido compartido a la vida y a las decisiones sociales y evitar el totalitarismo intolerante de los incapaces de aceptar y entender a los demás. El diálogo y la vivencia personal son los medios de la racionalidad para controlar la imposición o el capricho de espíritus temblorosos.

Ahora bien, la consciente complejidad del entorno social, las urgencias de la vida y el impacto de un pluralismo cada vez mayor han influido poderosamente en la valoración actual de la conciencia que no podía dejar de ser consciente de su propia conflictividad, a lo que se ha reaccionado con la valoración de la interioridad humana y buscando refugio en su autonomía. Creo, por lo tanto, que la responsabilidad actual de la conciencia individual no significa solamente respeto a lo sagrado de la decisión ética, sino que responde también al hecho de que la conciencia viene a ser refugio ante la avalancha de estímulos y de  normas que amenazan aplastarnos[6].

EL SIGNIFICADO DE LIBERTAD

Gracias a la vida, que me ha dado tanto.

Me ha dado la dicha, me ha dado el llanto,

así yo distingo dicha de quebranto,

los dos materiales que forman mi canto

y el canto de ustedes, que es mi propio canto.

Lo dramático de todo esto es que el ser humano a más de las necesidades de los principios de la Revolución Francesa (1789) tenga demasiadas veces hambre de pan, la cual  amenaza acabar en una lucha de todos contra todos. De esta amenaza es que se impone subrayar que no hay libertad humana que no sea capacidad de sentir la llamada del otro.  No existe una libertad lograda y completa que luego, secundariamente, se vea también revestida de una dimensión ética. Desde el principio, la libertad humana se realiza en el contexto de la llamada que el otro me dirige. El signo y la medida de la libertad en el hombre son, precisamente, la posibilidad y la capacidad de sentir la llamada del otro y de responderle. Por lo tanto, la dimensión ética es la quinta-esencia de la libertad. En su más íntima esencia la libertad está bajo la llamada del otro y es capacidad de responder al otro[7].

Sí, porque libertad es la capacidad que tiene el ser humano de romper su orden simbólico y proponer nuevos modelos de acción y pensamiento. Porque libertad es esa ruptura que se da en el plano de la conciencia permitiendo su singularidad y ensanchamiento y que no es obsequio de gobernantes dadivosos ni una preocupación de filósofos misántropos. El ejercicio de la libertad es eje central de la existencia humana, pues siendo el instrumento  que asegura el crecimiento de la conciencia, su utilización se convierte en problema fundamental para cada individuo que va en camino sobre la tierra. El ejercicio de la libertad se inicia en la subjetividad y se irradia a la acción, al mundo externo, en un movimiento que requiere de la especie humana un alto desarrollo psíquico y del individuo que la practica una gran profundidad de conciencia (…). Ejercer la libertad es permitir los brotes anárquicos de la subjetividad, dándole cabida al juego y la fantasía. Lo contrario, aplastar la curiosidad y la creatividad para asegurarnos un refugio estable, es poner la vida al servicio de la muerte, embalsamar nuestra vitalidad para no molestar a los quejumbrosos y soñolientos que nos invitan a colgarnos, en plena juventud, de las paredes de un museo[8].

Por lo dicho,  bien vale saber que el ser humano no es el centro ni del universo, ni de la sociedad, ni de su propia existencia. Consciente de esto, manifiesta la conversión de su “libertad” por la distancia liberadora que guarda a todo y a todos, especialmente, respecto a sí mismo. En este sentido, se ha podido hablar de “morir a sí mismo”. Pero, ¡ojo!, no es la muerte de si mismo, sino la del egoísmo la que será entendida y aceptada como condición valedera en la adhesión a la verdadera vida.

Creando, liberando, utilizando la parte de riqueza y de saber que uno se siente responsable, responde a las llamadas del prójimo reconocidas como llamadas del otro[9]. Llamadas del otro que trascienden al del prójimo caminante que iba de Jerusalén a Jericó o a la del amigo, hermano, conocido o por conocer que  es parte de nuestra diaria memoria. Se trata, sobre todo, de los hombres, mujeres y niños que habitarán la tierra centenares de años después que ya no estemos.

LA MARAVILLA DE LA VIDA

Gracias a la vida, que me ha dado tanto

Me ha dado la marcha de mis pies cansados,

con ellos anduve senderos y  charcos,

playas y desiertos, montañas y llanos,

y la casa tuya, tu calle, tu patio.

En el calendario cósmico el mundo es viejísimo  y el ser humano, ciertamente joven. Misterio indescifrable será siempre la aparición de la vida. El Cosmos es todo lo que fue, todo lo que es o lo que será alguna vez[10].

La contemplación más tranquila del universo en las noches de estrellas y de distancias inabarcables produce en el alma una sensación conmovedora. Y es que acercarse al mayor de los misterios, ciertamente, causa miedo. Dirigir los ojos a los espacios infinitos  donde no existe la noche ni el color de las mariposas hace que volvamos al espacio del alma a intentar balbuceos de explicación a la reverencia, asombro y hasta espanto que producen esos cielos tan lejanos y tan fríos.

El tamaño y la edad del universo son inabordables a la comprensión normal de la inteligencia humana. Este diminuto hogar planetario está perdido en algún punto entre la inmensidad y la eternidad, dice Sagan. Sin embargo, en este espacio azul se dio el prodigio de la vida. Qué son nuestras preocupaciones en toda esta sinfonía joven, inquieta, curiosa y valiente y que se esmera todavía, por algún secreto designio, en impedir que el planeta vuele en pedazos y hace esfuerzos permanentes para que el llanto de los niños se convierta en alegría.

Sí, es en este planeta Tierra, diminuto y frágil, perdido en el océano cósmico cuya vastedad supera nuestras imaginaciones más audaces. La tierra es hogar y madre. Aquí nació la vida porque hay agua, cielo azul, bosques frescos y llanuras con suavidad y verdor. Aquí en este lugar conmovedoramente bello la materia de que están hechas las estrellas y los astros se hizo vida y desde la vida, la conciencia apareció como  exigencia de los siglos y de la energía eterna para dar destellos de luz y de verdad como aquel “Conócete a ti mismo” en las plazas de Atenas o aquel

“Bienaventurados los limpios de corazón (…)” que aún retumba en las arideces de Galilea. Se dio la vida, se dio la conciencia. Se darán tantas vidas todavía, cada vez que dos células, paradójicamente, condenadas a la muerte, se encuentren. Esos nuevos latidos serán la alborada de la sonrisa, de la canción y de la rebeldía del futuro. En el espectáculo vibrante y  encantado de la vida, el cerebro humano constituye la culminación preciosa de tantas edades y regala al mundo la certeza del querer y del pensar; claro está, como parte de un cuerpo a cuestas que, al fin, es su compañero de viaje.

Nunca dejaré de creer que la gran mayoría de las células nerviosas en la corteza cerebral del ser humano fueron programadas por la madre naturaleza para el ejercicio del bien; al ser así, cuánto vale el no ofender, humillar o engañar a nadie para no torcer la razón primera del cerebro evolucionado.

En la perspectiva cósmica cada uno de nosotros es precioso. No olvidemos, además, que pertenecemos a una especie rara y también en peligro, y porque no encontraremos a nadie parecido en cien mil millones de galaxias, cuando alguien esté en desacuerdo con nosotros, dejémosle vivir.

INVITACION A LA VIDA.

Gracias a la vida, que me ha dado tanto.

Me ha dado el sonido y el abecedario, con las palabras que pienso y declaro:

madre, amigo, hermano, y luz alumbrando

la ruta del alma del que estoy amando.

La vida es una grandiosa fortuna. Lo importante no es tenerla, sino saberla emplear. Lo importante no es tenerla, sino haberla gastado en alguna causa que merezca la pena. Hay que saberse dueño de la rica herencia que es la vida. La vida se nos fue dada. Corresponde a cada uno darle un sentido. Con él, todo heroísmo es  posible; sin él, toda aberración es probable. Tagore en unos de sus versos más inspirados dice: “Dormía y soñaba que la vida era alegría; me desperté y descubrí que la vida era  servicio; me puse a servir y descubrí que el servicio es alegría”. Jamás olvidemos al comienzo de cada día que alguien nos necesita en la vida. La confesión del Dr. Rodríguez-Delgado, candidato a Premio Nobel de Medicina, es impresionante. Cierta vez le preguntaron: ¿Cuáles son sus héroes contemporáneos? El sabio contestó sin vacilación: “El doctor Fleming que me inculcó la realidad de que hacer el bien a los demás da mayores satisfacciones que el dinero, la fama o el poder”. En esta misma línea, alguien muy inspirado dijo de la Madre Teresa de Calcuta cuando cayó enferma y se temía por su ya cansada vida: “Es una gotita de agua limpia a la que el mar hará tanta falta”.

Invitación a vivir son los versos de Juan Bautista Humet. Dice así:

Habrá que componer de nuevo

el pozo y el granero

y aprender de nuevo a andar,

hacer del sol nuestro aliado,

pintar el horno ajado

y volver a respirar.

Quitarle centinelas

al parque y a la escuela:

columpios y sonrisa volarán.

Sentirse libre y sonriente

al cierzo y al relente

mientras se  va dorando el pan.

 

Habrá que demoler barreras

crear otras maneras

y alzar otra verdad,

desempolvar viejas creencias

que hablaban en esencia

sobre la simplicidad;

darles a nuestros hijos

el credo y el hechizo

del alba y el rescoldo en el hogar,

y si aún nos queda algo de tiempo,

poner la cara al viento

y aventurarnos a soñar.

La grandeza y el valor de las personas y de la vida se miden por la carga de ilusiones y por las intencionalidades que le enrumban en pos de realizaciones limpias y generosas. Que nuestro paso por la tierra sea una provocación para la alegría o la solidaridad; que los hombres sean más hombres en función de la entrega y la ternura. Que el infortunio y los sollozos de tantas gentes arrimadas en su propia desgracia tengan en nuestros ojos y en nuestras manos ese espacio donde sea menos dura su agonizante desventura.

La vida es demasiado corta para ser mezquina, dijo Disraeli. De su lado, J.L.Martín Descalzo, ha escrito con toda razón: “Tiene el hombre tan pocos años para leer, para amar, para sonreír, para sentirse vivo, que resulta incomprensible cómo podemos invertir tantos en deglutir películas americanas, en cazar musarañas, en hacer crucigramas, en esperar la muerte”.

Bueno ha de ser que la vida al final de la ruta nos encuentre con que hayamos dado al menos un paso a favor de la justicia y de la decencia. “Se sabe que algunos estuvieron vivos porque murieron”, ha dicho L. Carre; por lo tanto, está en nuestra decisión el no pertenecer a ese grupo. En el tiempo nos jugamos el ser  enteramente personas libres, abiertas, maduras, o pobres contrahechos por la ambición y soberbia desmedidas.

El protagonista de La Caída (A.Camús) confiesa que en sus noches sin sueño no cesa de invocar a su novia muerta que se suicidó arrojándose al Sena. Le dice así: “Muchacha, arrójate otra vez al agua para que tenga, por segunda vez, la oportunidad de salvarnos a los dos…” Pero el mismo protagonista se interpela impotente: “Es demasiado tarde ya; siempre será demasiado tarde”. Con todo y ésto, los humanos tan frágiles de memoria, corremos el peligro de olvidarlo.

Martin Buber, cerca de su fin dijo a su amigo Anaemah Beer-Hoffmann estas palabras lapidarias: “Quiero poner fin a esta carta con una bendición, y no conozco otra mejor que el de atreverse a ser fiel y poder serlo. Créeme, lo  que corona la vida no es la felicidad sino la fidelidad”[11]. Si, la fidelidad a uno mismo y a quien la vida le regaló la oportunidad santa de llamarle amigo.

LA SABIDURIA Y LA VIDA.

Gracias a la vida, que me ha dado tanto.

Me ha dado el oído y en todo su ancho

braman noche y día ríos y canarios,

martillos, turbinas, ladridos, chubascos, y la voz tan tierna de mi bien amado.

La palabra “sabio”, etimológicamente, proviene del verbo latino “sapere”, que significa saborear, gustar, porque es el que saborea la vida en su hondura; porque “sabio” es el que “saborea” las realidades profundas: la grandeza interior del hombre y su destino, la contemplación, la libertad interior frente a las cosas y ambiciones mezquinas, la verdadera amistad donde no hay espacio para la mentira y la falsía o la alegría que nace y brota de la honradez.

Sabio es el  que estima, ama y busca los verdaderos valores de la vida  que son aquellos que trascienden al tiempo. Sabio es el  que valora lo “valioso” y relativiza lo relativo; el  que se deja fascinar sola y exclusivamente por lo “único necesario”. Sabio se contrapone a necio, porque necio es aquel que prefiere lo que está lleno de futilidad, de arrogancia y vanidad; es aquel que prefiere lo baladí a lo precioso, lo vistoso a lo  valioso, como los indios que cambiaban el oro por los cristales de colores. El verdadero sabio sabe distinguir instintivamente el bien del mal, lo auténtico de lo engañoso, lo sublime de lo mezquino. Ha comprendido y ha descubierto el camino para hacer de su vida una siembra fecunda. Sabio, al fin, es aquel que gasta la vida porque para eso se la dio.

Una señora cargada de años en cierta oportunidad, sentenció: “Cuando miro a estos 78 años míos, me siento feliz todavía al pensar en cuando gocé; pero cuando pienso que fui estúpida, no puedo perdonarme ni aún ahora”.

Un buen modo de invitar a vivir es manifestar con nuestra propia valentía el poder de la vida sobre la muerte. Nunca olvidemos que es más importante una avecita viva que un emperador muerto. Hagamos que quienes se acerquen a nosotros, tengan más vida  que la que traigan cuando llegaron. Y si hay personas que consideren a la vida como algo insubstancial. ¡Cuidado! Tales personas quizá sufran adversidades de las que no se las pueda culpar o talvez se han visto frustradas por padres que se sustrajeron a la vida. Un buen amigo mío, contaba conmovido que un día, algo molesto, reclamó a una empobrecida madre por qué no había acudido con su hijo a la consulta neurológica que debió ser tres días antes. Después de un frío silencio, ella contestó: “Doctor, ese día enterré a mi otro hijito  que le mató un carro”.

Todos conocemos que hay gentes que sofocan en nosotros el impulso de vivir. No pueden o no quieren aceptar la invitación a la celebración vital. ¡Qué vamos a hacer! En cambio y por suerte, ¿qué decir de aquellas y espléndidas personas que se escapan del olvido porque generosamente nos invitan a vivir? Por ellas y con ellas crecemos espiritualmente y nos renovamos. Son ellas las que nos trasmiten la energía suficiente con que seguir adelante, sutilmente nos empujan a cultivar todo lo que somos o podemos ser. Por todo esto, vale tener presente que la sabiduría libera del envilecimiento, aunque a veces embrutezca también, cuando se une o vende a los poderes[12], [13], [14] .

Nuestros tiempos son peligrosos, cierto. Pero, en medio de todo ello, son también abiertos y  estimulantes. Las personas que nos invitan a la esperanza y a la vida, no se sientan en casa a lamentarse. El Dr. A. Schweitzer solía decir que debemos tributar a toda voluntad de vivir la misma reverencia por la vida que otorgamos a la propia. Si invitamos a una persona a vivir, debemos aceptar el hecho de que esa persona es otro ser humano. Le escucharemos atentamente sus sueños, no hay que descartarlos con negativas.

Sobre todo debemos ver qué es lo mejor que hay en ella y permitirle ser y madurar, pues, el crecimiento es la esencia de toda criatura viviente, el corazón del proceso de la vida[15], [16]. Tengamos siempre presente que la vida se acrecienta cuando se la gasta.

Un anciano padre, campesino por añadidura, después de una existencia bravía y limpia, dijo a su hija: “La verdadera lucha en la vida no consiste en calzar las espuelas sino en mantenerlas limpias. Quiero que sigas tu camino y entres donde los ángeles temen asomarse…”. Y apretando la mano sobre la suya, añadió: “Hija mía, sobre todo, mantén firme la fe en ti misma y no olvides la bondad”. “Cuento con la ayuda de ustedes –dijo a los demás hijos- para que la nueva vida sea tan rica como la vieja. La vida es una gran aventura hasta cuando las cosas están en contra… así que nada de mirar para atrás ni llenarse de pesadumbre con el recuerdo de los buenos días pasados. Cada nuevo día hay que vivirlo intensamente. Al cabo de corto tiempo se descubre que los días nuevos serán mañana los buenos días del pasado. Mientras tanto, ánimo y cuidado con dejarse derrotar”.

EL TESORO DE LA AMISTAD

La ternura es una luz y un color que permanece en nuestro corazón

aunque afuera esté lloviendo.

Richard, 15 años

En el camino, a más de  las sombras y de las piedras, hay cirineos que nos ayudan a avanzar. ¡Ah, cuánto bien nos hacen! Qué  bendición es su palabra, su mano amiga, su ternura. Su abrazo y su compañía cómo alimentan el alma en esas horas tan difíciles con que la suerte templó nuestro destino. Son seres imprescindibles como el agua fresca para el cansancio, son brújulas amadas en la incertidumbre o el despecho y perlas escogidas cuando nos quedamos con las manos vacías.

Cuando la noche está más negra hay campanas que anuncian nuevo día con esa fe inquebrantable que tiene el poder de redención. Así es como alguien viene a tu encuentro, con esa “buena nueva”, cuando más lo necesitas: “Cuenta conmigo siempre, espero no defraudarte nunca (…). Guardo la esperanza de que siempre esté a tu lado y tú al mío”[17].

Qué cierto es aquello de que se puede vivir sin hermanos, pero jamás, sin amigos. Epicuro, en su ya lejano siglo, dijo algo que debería estar grabado con letras de oro en lo más limpio de nuestro corazón: “Para ser dichoso lo que hace falta es un poco de higos, algo de queso, un poco de vino, un jardincito y dos o tres buenos amigos”.

Cierto es que hay ocasiones en que estamos tan golpeados, tan llenos de tedio y pesadumbre que bien vale saber que después de lo sentido “somos una danza de partículas inobservables (…) o quizás inmortales, pues a las puertas de la muerte parece que encontramos un canal hacia la luz. La luz, madre de la vida. Nuestro cerebro acompaña a los latidos de nuestro corazón. Mirar a la luz alumbra al espíritu deprimido La conexión espiritual es la variable oculta de la salud. La amistad también es  medicina. El sentimiento moldea nuestra conciencia y es el instrumento de nuestra creatividad. La inteligencia no es un número ganador o hábito sino un estado dinámico. La estimulación enciende la llama de la inteligencia en nuestros primeros años, y un sentido de propósito se mantiene encendido durante una vida. El tacto también es alimento. La preocupación de los demás por nosotros nos recuerda que tenemos importancia. Nuestros cerebros adivinando, saben…”[18].

Con lo difícil que aparece la vida al fin del milenio, los seres humanos se presentan exhaustos, a punto de desfallecer, amancebados con la melancolía y sin fuerzas para convencer a las multitudes de grandes proyectos, todavía creemos posible apostarle a la ternura[19], especie de revolución molecular de las rutinas de la vida cotidiana que en principio no tiene porqué comprender un espacio mayor al que logremos abarcar con la mano extendida.

Referencias y Bibliografía


 

[1] Vidal, M. Moral de actitudes. t. 11, PS, Madrid, 1991, 246-247.

[2] Rof-Carballo, J. El hombre como encuentro. Madrid, 1973, 513.

[3] Russel, B.  La conquista de la felicidad. Espasa-Calpe. Madrid, 1977, 140

[4] Morales, F. y Mora, M. Procesos interpersonales. En: Psicología Social. Mc Graw-Hill. Madrid, 1998, 425-432.

[5] Küng, H. Hacia una ética mundial. Editorial Trotta. Madrid, 1995.

[6] Lepp, I. La existencia auténtica. Editorial Lohlé. Buenos Aires, 1977, 46-47.

[7] Buber, M. Yo y tú. Editorial Caparrós. Madrid, 1995, 57.

[8] Vattimo, G. Ética de la interpretación. Editorial Paidos. Buenos Aires, 1991, 107-108.

[9] Buber, M. Op. Cit., 41.

[10] Sagan, C. Cosmos, Editorial Planeta. Madrid, 1982, 4.

[11] Friedman, M. Encuentro en el desfiladero Editorial Planeta. Buenos Aires., 1993, 468-469.

[12] Sánchez, D. Aproximación a la filosofía. Editorial Salvat. Barcelona, 1982, 54.

[13] Grondona, M. Bajo el imperio de las ideas morales. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1993, 177.

[14] Martín Descalzo, J.L. Razones desde la otra orilla. Editorial Atenas. Madrid, 1995, 142.

[15] Hesse, H. Pequeñas alegrías. Editorial Alianza. Madrid, 1998, 323.

[16] Maurois, A. Un arte de vivir. Editorial Atethia. Tunja, 1992, 56.

[17] Araujo, M. Comunicación personal. Panamá (7-Mayo), 2000.

[18] Ferguson, M. La revolución del cerebro. Editorial Heptada. Madrid, 1991, 90-91.

[19] Salomé, J. Cómo atraer la ternura. Editorial Obelisco. Barcelona, 1996.

      


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